Mi amigo Xavier me enseñó a recoger pajaritos y éstos me enseñaron cuáles no son pajaritos.

Justo cuando me estaba planteando la posibilidad de ir a la mítica Huahutla, llegó Xavier a Tepoztlán (donde yo vivía en aquel entonces) y me dijo que no tenía que ir tan lejos, que a menos de un kilómetro de mi casa abundaban los hongos psilocibos llamados pajaritos.

Esa misma mañana él había estado con unos chicos del DF buscando algunos en el lugar del que me hablaba. Me dijo que si aquella noche volvía a llover y por la mañana salía el sol rotundamente, podríamos ir a ver si teníamos mejor suerte. ¡Y la tuvimos! Esa noche llovió, al otro día el sol estaba rotundo y Xavier pasó por mí para irnos al Valle de Tepoztlán.

Se trataba de una explanada donde a veces había visto pastar vacas. Es una propiedad privada y está rodeada con cercas de alambre. Pasamos deslizándonos por un hoyo formado por una excavación en la tierra y una alzada en la cerca. Eso fue en junio de 1999 y esto es lo que apunté en mi diario de bitácoras de vuelo esa misma noche:

¡¡¡He estado en la gloria el día de hoy!!!

Xavier tiene razón. Estando en la naturaleza me he sentido mucho más espiritual que encerrada en el CAT [Centro de Alta Conciencia Tepozcahuic] todo este tiempo haciendo yoga y tratando de meditar. Ahora entiendo de qué me habla cuando dice que me falta "vivir la espiritualidad" en lugar de buscarla o teorizarla. Y ahora entiendo también claramente cómo es eso de la coexistencia simultánea de diferentes mundos en la Tierra de la que hablan los pleyadianos. ¡Es la locura! ¡Además los hongos me han "hablado" y según Xavier me han aceptado! ¡Estoy hiper feliz! Y también un poco confundida respecto a él...

Resulta que en cuanto penetramos subrepticiamente en el campo, Xavier, adoptando su tono de Maestro iniciando a su alumna que tanto me molesta, excepto esta mañana, claro, me dijo cuando encontramos los primeros 4 honguitos en el pasto: "Míralos bien. Estos son los pajaritos. Son pequeñitos y su tallo es muy delgadito y delicado. El sabor de la psilocibina es inconfundible y cuando los pruebes nunca más vas a olvidarlo." Me dijo que debíamos dejar siempre los más pequeños intactos para que siguieran reproduciéndose y otro día pudiéramos encontrar más en el mismo lugar. Cortó tres, me dio dos y él se quedó con uno diciéndome: "Ahora pídeles permiso y cómetelos." Así lo hice y efectivamente constaté que el sabor agrio de la psilocibina es muy peculiar. Luego me dijo: "Bueno ya están formalmente presentados, ahora vete tú sola a buscar más por allá, que yo me quedo por aquí. Pero antes de comértelos tráemelos para ver si son o no son porque ya vas a ver que aquí hay varios muy bonitos que son venenosos."

Seguí sus instrucciones y me fui. Al principio no encontraba nada, pero después de unos minutos les pedí a los honguitos que se me mostraran por favor y empecé a verlos con muchísima facilidad. Corté unos 10 más y se los llevé a Xavier. Él todavía no había encontrado nada y se sorprendió de verme llegar con tantos. Los examinó y me dijo muy sonriente "¡Vaya recibimiento! Los honguitos te han aceptado a la primera, princesa."

Psilocibe  semilanceata
Psilocibe semilanceata

Obviamente me puse muy feliz y quise compartirlos con él, pero él los rechazó y me dijo que cada quien debe comerse los que encuentre, de esa forma sabe que si ese día no encuentra nada, significa que ese día no le toca viajar, y si encuentra muchos, pues es que los honguitos lo estaban esperando para enseñarle algo o para simplemente para pasar un buen rato juntos.

Yo insistí y le dejé los dos que él me había dado y luego me fui a seguir buscando. Xavier no se hizo mucho del rogar porque según me dijo, cuando ya haz comido algunos es más fácil encontrar otros.

Al poco rato supe a qué se refería porque empecé a ver a los pajaritos como fosforecentes sobresaliendo entre la hierba. Aún en las partes en las que según yo ya había buscado bien, volvía a pasar y sin ningún esfuerzo encontraba alguno fosforesciendo. Me comí entre unos 8 a 10 honguitos más. De repente encontré un hongo un poco más grande que los pajaritos y supuse que era uno muy desarrollado, le pregunte si era o no era, pensé que sí porque tenía el mismo color fosforecente que los demás, así es que lo corté pero justo cuando lo mordí sentí un increíble dolor en una muela de abajo del lado izquierdo, como si hubiera mordido una piedra con todas mis fuerzas. Escupí el hongo en mi mano pensando en que a lo mejor tenía una piedra oculta en el sombrerete o algo y quería verla, pero como pude comprobar, no era así. Entonces lo interpreté como la respuesta del hongo diciéndome que él no era un pajarito y que no me lo comiera porque era venenoso. Así pues escupí lo mejor que pude y me fui a buscar a Xavier para contarle lo que me había ocurrido.

Lo encontré sentado charlando con un hombre cuyas vacas pasataban por allí. Resultó ser un tepozteco que rentaba el lugar para sus animales. Xavier le estuvo explicando acerca de los honguitos y dijo que ahora entendía porqué "tantos chamacos" habrían hoyos y se metían a la fuerza en su terreno. Dijo que le gustaría porobarlos. Xavier le dio uno y le estaba explicando cómo diferenciarlos bien de los venenosos cuando yo llegué. Entonces conté mi caso y todos nos reímos mucho. Xavier le dijo al señor que dejara su verja sin candado y así la gente entraría sin hacerle más hoyos a la cerca. El hombre dijo que lo pensaría.

Xavier y yo nos fuimos juntos al terreno de al lado después de saltar otra horrible cerca de púas. Yo ya no busqué ni un pajarito más porque comencé a sentir náuseas, no sé si por el venenoso o por los efectos secundarios de éstos, pues ya me había comido entre 8 o 10 pares que según mis averiguaciones son la dosis media. Xavier continuaba buscando y yo lo seguía ya sin ver fosforitos. De pronto vi un hongo blanco iridiscente, verdaderamente precioso encima de una caca de vaca y le pregunté a Xavier si era un San Isidro. Me dijo que no, que este era venenoso, que los San Isidro no brillan ni son de ese color, dice que son cafés y tienen una mancha rojiza en el centro.

Él quería seguir saltando cercas de púas adentrándose más en el Valle para continuar buscando pero yo cada vez tenía más náuseas y ya quería sentarme y estar tranquila. Se lo dije y comenzamos a discutir acerca de mi aversión a las cercas y mi falta de condición física. Así es que le avisé que me iría a la cascada y me quedaría allí tranquila mientras él buscaba más. Constituyó una hazaña para mí llegar hasta allá, pero meterme bajo el chorro de agua helada fue una bendición porque enseguida se me pasó todo el malestar. Cuando llegué Xavier ya estaba allí para demostrarme su superioridad sobre el terreno, claro está. Había encontrado más pajaritos camino allá y estaba trepado en una de las paredes de la pequeña cascada. Para acabarme de humillar se puso a contarme sus hazañas de surfer en las costas de Oaxaca...

Yo lo escuchaba con atención y admiración, pero no lograba entender el significado de sus palabras que simplemente eran sonidos que se entremezclaban con el estruendo de la pequeña cascada y las voces de los pájaros que se amalgamaban en un soundtrack perfecto para acompañar el bellísimo recorrido iridiscente del agua, la coreografía de Xavier explicando sus movimientos sobre la tabla (creo) y el lento crecimiento de las plantas e incluso el todavía más lento proceso de devastación de las rocas por la acción contínua del agua.

En tal estado de arrobamiento no opuse ninguna resistencia cuando me dijo que trepáramos hasta la punta de una gran roca cercana. No sé cómo pero trepé casi con la misma agilidad que él. Al llegar arriba me dio un pequeño ataque de pánico imaginarme cómo diablos bajaría de allí; pero decidí preocuparme más tarde pues las cosas en esa pequeña cumbre eran verdaderamente paradiasiacas. La parte que daba a la montaña estaba semicubierta por árboles cuyas hojas secas habían formado mullidos lechos naturales. Por delante estaba despejado y podía admirarse buena parte del Valle.

Me tendí sobre la hojarasca y escuché a Xavier emitiendo sonidos que imitaban pájaros y otros animales hasta que creí escuchar que algunos de ellos le contestaban y entablan un diálogo de sonidos que creaba una atmósfera muy agradable. Recordé entonces un sueño que tuve hace dos meses, un par de días antes de conocerlo:

Estaba en una laguna cristalina nadando con un hombre, ambos éramos indígenas del México prehispánico, ahora no sé cómo pero entonces lo sabía perfectamente. Ambos parecíamos muy felices en el agua. Mi hermana me decía que ahora se llamaba Javier y decía que lo encontraría de nuevo.

Cuando conocí a Xavier y me di cuenta de que se llamaba igual que el nombre del sueño pensé que nada era casualidad. Y allí tendida en la hojarazca aunque realmente no sé nada de las vidas pasadas, si es que en verdad existen, sentí que efectivamente Xavier y yo éramos viejos conocidos y habíamos dejado algo pendiente que teníamos que resolver ahora. Y vi claramente qué era: nuestra mutua hostilidad defensiva que debía transmutarse en tolerancia. Declaré una tregua y creo que me quedé dormida un rato o al menos en un estado de sopor del que salí cuando él me sobresaltó al treparse en una rama.

Lo vi deslizándose y bajando por ella como cualquier mono. Una vez abajo me instó a hacer lo mismo. Yo me acerqué a la rama, me balancee, me sentí muy pesada, vi la enorme distancia que había entre la rama y el suelo, pensé que si me caía me fracturaría alguna cosa, me dio pánico la simple idea de estar allí soportando el dolor mientras alguien venía a rescatarme y por supuesto denegué la invitación. Me dirigí hacia el lugar por el que subimos pero me pareció aún más peligroso bajar por allí. Así es que me senté en el borde a rezar porque no sabía qué hacer. Xavier fue a ver qué estaba haciendo y comenzó a regañarme, a decirme que use mis brazos y mis piernas, que confíe en ellos y no intente resolverlo todo con mi gran trasero. Que estas cosas me pasan por olvidar mi cuerpo y querer vivir siempre en la mente, con mis librios, mis historias, mi computadoras y mis meditaciones. Me puse furiosa y bajé en un santiamén del puro coraje que sentí. Él estaba muy divertido diciéndome que siempre hago dramas donde no los hay por ponerme a pensar cuando lo que se requiere es simplemente actuar.

Ya iba yo a iniciar el contrataque escorpiónico que automáticamente uso como defensa contra él, o más precisamente contra el tono petulante en que siempre me dice las cosas, sean verdad, como en este caso o no, como sucede en la mayoría de los casos, je-je, pero recordé la tregua. Así es que me quedé callada y caminé en silencio. Al poco rato, mágicamente estábamos charlando y jugando sin tensión y sin hostilidades, como nunca antes lo habíamos hecho... Maravilloso recurso esto del silencio.

Llegando a la casa estrenamos la pipa de agua que me hizo Alessandro con bambú de Amatlán. Xavier se ofreció a prepararma un banquete y yo me quedé fumando mota en la cama de la habitación de arriba. Entre una cosa y otra él se asomaba para mirarme embelezado. Me dijo que me veía bellísima y radiante desde que estaba balanceándome en la rama y todo el rato me trató como si fuera yo su más preciado tesoro. Después de no comer casi nada, regresamos a la pipa de agua y nos pusimos a ver una película en la TV. Las cosas estaban tromando un cariz cada vez más romántico así es que huí despavorida. Le dije que la película era una vasca y bajé a encerrarme en mi cuarto-estudio. Él apagó la tele y dijo que tomaría una siesta.

Es la primera vez que enfrento una verdadera tentación en lo que va de mi año de celibato... Ya me falta tan poco que no quiero hechar las cosas a perder. Además me encuentro tan bien que de hecho no me importaría quedarme así otro año más. O toda la vida. Eso estaba pensando mientras jugaba con un falso zafiro azul que Xavier me regaló hace unos días. Estaba girándolo en diferentes direcciones para observar como reflejaba la luz de la lámpara en diferentes ángulos cuando de pronto ¡entré en otra dimensión! Fue como entrar a un cuadro de tercera dimensión: con los ojos entornados, y el zafiro inmovilizado en cierto ángulo. Entonces empezaron a desfilar ante mis ojos verdaderas coreografías que interpretaban figuritas esbeltas de luz azul. ¡Increíble! Verdaderamente no sé como explicarlo. Estuve así cosa de un par de minutos, luego perdí el ángulo en un movimineto y no pude encontrarlo de nuevo.

Entonces volví a pensar en Xavier allá arriba en la cama, je-je y para sublimar las energías me puse a pintar con acuarelas unas flores hermosísimas como fondo del menú que él me pidió para pagarle a la dueña de un restaurante en Amatlán que le ha fiado ya varias comidas.

Cuando terminé subí muy orgullosa a mostrárselo a Xavier. Le gustó tanto que me dijo que se lo quedaría él, que hiciera otro para la señora de Amatlán y me preguntó qué estaba sintiendo mientras lo pintaba.

Le expliqué que estaba muy feliz y agradecida con él, que precisamente había estado pensando que durante los seis meses que viví en el CAT en Amatlán y los meses que llevo aquí en Santiago no me había enterado de que hubiesen hongos psicoactivos en Tepoztlán (y hay muchos más en Amatlán, según me aseguró) porque estaba moviéndome en círculos donde los psicoactivos simplemente no tenían lugar. Nadie los consumía, nadie hablaba de ellos, nadie pensaba en ellos, y por supuesto nadie los deseaba.

Le dije que con eso comprobaba plenamente lo que explican los pleyadianos acerca de la coexistencia de mundos paralelos dentro de la Tierra a los cuales accedes mediante el puro enfoque de tus deseos y creencias.

Ahora que he salido de los círculos donde los psicoactivos no existen, ahora que he retomado mi investigación y que he deseado comer hongos y he creído que era posible, he atraído a mi campo de experiencia la llegada de Xavier que viene a notificarme que todo este tiempo he estado viviendo en una zona llena de pajaritos...

O sea que sobre la faz del mismo planeta, en un mismo tiempo y lugar determinado, puedes estar en el mundo que elijas estar y lo único que te separa de tus deseos es una creencia. Dicen los pleyadianos que puedes experimentar vivencias terroríficas o beatíficas, de violencia o de paz, de abundancia o de carencia, de odio o de amor, de oscuridad o de luz en el mismo tiempo, espacio y lugar dependiendo de las experiencias que atraigas a tu campo vital en función de lo que deseas y esperas del mundo debido a tus creencias.

Ellos sugieren que si hay algo en tu experiencia que no te guste, antes de quejarte, sentirte la víctima, o emprender cualquier tipo de acción para erradicarlo o cambiarlo, primero tienes que identificar a qué creencia responde aquello que te molesta o que simplemente no te está provocando felicidad y cambiar entonces la creencia para que cambie tu experiencia.

Xavier y yo estuvimos platicando sobre eso un rato hasta que la plática se convirtió en discusión, la tregua se rompió y reanudamos las hostilidades.

Él comenzó cuestionando la deseabilidad de cambiar las realidades de violencia, dolor, muerte y destrucción. Dice que son parte de la vida y están aquí para ser experimentadas. Yo digo que están aquí para ser trascendidas, que no es necesario experimentarlas si te provocan dolor y sufrimiento y que si los pleyadianos y los Maestros ascendidos nos están dando todas las herramientoas para alejarnos de tales realidades hemos de utilizarlas...

Y así llegamos de nuevo al punto conflictivo de cómo percibimos la espiritualidad cada uno. Según tengo que experimentar en carne propia la oscuridad tanto como la luz para integrarlas, pues sólo así podré llegar a la iluminación (lo cual él duda que sea verdaderamente deseable). Según yo la luz es ausencia de oscuridad y la iluminación consiste precisamente en escapar de la oscuridad, pues sólo así puedes llegar a vivir en el éxtasis y la felicidad absoluta 24 horas al día y me parece que no hay nada que pueda ser más deseable.

Él me quiere convencer de sus creencias y yo quiero convencerlo a él de las mías. Y el resultado es tensión y hostilidad. Tanta que él se fue a Amatlán sin su acuarela y yo estoy aquí sola con mi computadora... Y mi cerebro... Pensando... ¿Cuál es la creencia que me está ocasionando esta experiencia de intolerancia con Xavier?

Veamos: Aquí hay un componente de inseguridad muy fuerte, en ambos, porque es evidente que cada uno quiere tener la razón para sentirse seguro de estar creyendo y haciendo lo correcto en su vida. Y ambos creemos que solo hay una razón y que ésta, o la tengo yo, o la tiene él, y por consiguiente el otro está equivocado y está haciendo lo incorrecto con su vida. Por eso es que defendemos nuestras posiciones frente al otro tan radicalmente, porque siempre estamos defendiendo mucho más que una opinión, estamos defendiéndonos el uno del otro en cada fricción, en cada leve desacuerdo... ¿Y qué tal si los dos estamos equivocados? ¿O si los dos tenemos razón? ¿O si éstas no son las preguntas que debo plantearme?

¿Cuál es mi creencia subyacente?

Que Xavier quiere que cambie las ideas que me dan seguridad por ideas que me parecen absurdas y me dan miedo. Que Xavier me está atacando. Que tengo que defenderme de Xavier. ¡Eso es! Que tengo que defenderme de Xavier. Pero ¿por qué?

Bueno, ya tengo en qué pensar esta semana... mientras Xavier actúa escalando los cerros de Amatlán como buen dragón acuariano... Ja. ¿Acaso no podríamos pensar juntos en la cima de una montaña? ¿Qué creencia he de adoptar para que esto suceda?

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